Vivimos en un mundo en el que la gente tiene cada vez más miedo a las diferencias. Los extraños no son bienvenidos, los que parecen diferentes son percibidos como una amenaza, y pocos son los que están dispuestos a hacer un esfuerzo para entender otro punto de vista, otra forma de pensar, los diferentes hábitos y culturas.

Vivimos en un mundo en el que la gente teme a los demás, lo que lleva a la separación entre comunidades y destruye cualquier posible diálogo y encuentro. Es una lástima, pero se puede evitar. Ocurre en parte porque muchos entre nosotros se han rendido a la comodidad y la pereza que reside en aceptar como verdad universal la información servida por las principales redes de medios de comunicación, que en realidad es una propaganda que sirve todos aquellos cuyo interés -tanto financiero como político- es mantenernos alimentados con ilusiones e ignorancia.

Debemos levantarnos y luchar contra este proceso porque podemos evolucionar, aprender y enriquecernos, sólo a partir del contacto con diferentes personas. El miedo a hacerlo nos mantendrá aislados, y el aislamiento conduce a una opacidad mental y psicológica. Pero la lucha- al menos la lucha en la que yo creo- no empieza en la calle: debería empezar en nuestra mente. Es una lucha para recuperar la libertad y la capacidad de pensar, de analizar, de tener pensamientos propios y de conquistar nuestra independencia desde el interior. La verdadera libertad no vendrá de las reclamos sociales, ni siquiera de las más justificadas y requeridas. La verdadera libertad exige fuerza interior, y un esfuerzo persistente: primero hay que ganar la libertad, luego hay que mantenerla. Yo nombraría el proceso que lo permite, un proceso filosófico.

En la vida real, la gente débil elige el aislamiento. La gente fuerte no teme las diferencias. Seamos fuertes. Aceptemos el regalo de la vida. Abramos nuestras mentes a lo que la filosofía es realmente, un sendero a la libertad.